lunes, 1 de octubre de 2018

El doctor, el soldado y mis papás, en la Noche de Tlatelolco 68



Edificio Chihuahua en la Plaza de las Tres Culturas. Fotograma de El Grito




FADE IN:



EXT. PLAZA DE LAS TRES CULTURAS-TARDE/NOCHE


En la Plaza de las Tres Culturas están reunidas miles de personas. Es 2 de octubre de 1968. Hay policías y militares; más cantidad que la vista en protestas anteriores. Los castrenses se preparan para disolver ésta. También hay francotiradores en los edificios.


Alrededor de las seis de la tarde aparecen luces pirotécnicas en el cielo. Segundos después, sonidos de matracas. Todos corren por doquier. Es un hormiguero agitado. 


J (30 años) asiste al mitin junto con su esposa, C (32 años). Visten con gabardina y pantalón de mezclilla. Viven en el Centro Histórico. No saben qué está pasando.


J:
Son cuetes.


C:
Se escuchan como balazos.


J:
Son de salva


Segundos después, un soldado, como varios que había cerca de la multitud, cae a su lado. Tiene parte de su uniforme humedecido por sangre.
                                                                                                                    


                                                                                                                                              CUT TO:

La pareja, como cientos de personas, busca refugio. Entra a un edificio cercano a la Plaza. Toca en varios departamentos. Ninguno abre. Parece que nadie los habitara. Es seguida por dos jóvenes. Afuera, siguen los balazos, los gritos. Minutos que parecen horas. Al fondo del pasillo se escucha un ruido. Es como un extraño maullar (miauuu, miauuu, miauuu...). No es un gato. El extraño sonido proviene de una puerta al final del pasillo en la que aparece un hombre. Vive ahí. Viste una bata blanca. Su casa también es su consultorio.



                                                                       J
                                                               Están disparando


  DOCTOR
Pueden estar un rato, pero… sin esa ropa.

(Los jóvenes que se unieron a la pareja traen pegada a la espalda una V con maskingtape)



CUT TO:


INT. DEPARTAMENTO-NOCHE


La Plaza está sonorizada con una sinfonía en Re de los Mayores terrores, con disparos que crean Bemoles. Como cuando una festividad de pueblo llega a su fin con cuetes que se escuchan a lo lejos. 


En el departamento, en silencio y oscuridad, el hombre de blanco ofrece pan y café. Es un rato que se vuelve hasta la noche, tiempo en que la pareja, sin saber que hay retenes, decide salir.


No es todo: J confiesa al médico que lo perdone porque no le dice que, para defenderse de infiltrados del gobierno, traía un arma. Un amigo, sin nombre, le había comentado que en el mitin “las cosas se iban a poner cabronas”.


El galeno, de sublime tolerancia y noble metafísica, le cree. 



CUT TO:



EXT. CORREDORES TLATELOLCO-NOCHE


Luego de algunas horas, el bullicio en el exterior se hace tenue… J y C salen acompañados por el buen hombre que les dice que sin él, no lo podrán lograr. Que va a decir que son sus parientes. El departamento está a unos pasos de la calle que los saca a la colonia Guerrero. 


A escasos metros, un retén y... palabras de una figura verde olivo, los paralizan.



Militar
Ensina... Se los llevó la chingada…


Con gran valor, el médico se atreve a intervenir porque no imagina lo que recién pasó en la Plaza; el nivel de tensión.



DOCTOR
Son mis parientes. Vamos a la Terminal. Tengo mi carrito estacionado aquí cerca, en la (calle) Lerdo. Somos de Jalisco...



El castrense, hombre moreno y alto, levanta la cabeza. Su mirada se pierde por segundos tras escuchar Jalisco. Y luego, pregunta.



Militar
¿De qué parte? 



Sorprendido, responde J




J
De La Capilla. Cerca de Guadalajara.



MILITAR
No conozco… Acá, unos van pal campo, otros a la chingada… Mejor jalen pa´ allá…



El soldado voltea a todos lados. Mira a su grupo… Su cara dura se relaja.




CUT TO:



EXT. CALLE LERDO COLONIA GUERRERO-MEDIANOCHE


Son pocos metros los que a J y C los separan de la calle Lerdo, pero parecen kilómetros. Como si atravesaran un bosque, que en realidad es el jardín La Pera, que da a la mencionada vía. 


Enmudecidos, caminan lento. Respiran oxígeno con tóxica adrenalina. Siguen sin entender lo que acaba de pasar. Es decir, el show de horror y la inusual actitud del doctor y del militar paisano, que es quien les dice por dónde caminar y los acompaña unos metros, sólo unos breves metros.


Dicen adiós al doctor, que junto con el militar, les han salvado la vida. Tras ellos, a lo lejos, se siguen escuchando cuetes de carnaval y risas burlonas. 


Siguen su paso sin voltear. Cruzan la avenida Ricardo Flores Magón hasta perderse en la oscuridad de un callejón, el cual no saben su nombre, pero que lo bautizan como: el Callejón de la Vida.


Meses después, en el país del no pasa nada y donde todo se olvida, J decide buscar al médico. Quiere agradecerle. Va con una botella de tequila. No lo halla en su primera visita. Los vecinos, poco hablan. Teme por él. Pero en el segundo intento, lo encuentra y a éste no sólo le da alegría volverlo a ver, sino que hasta le devuelve lo que había dejado. Y no era precisamente el miedo, sino su fierro.


No son escenas de cine sobre la masacre de Tlatelolco 68. Es sólo una breve historia milagrosa que les sucedió a J y C, mi padres, cuando aún, obvio, yo no había nacido.


Es para recordarlos, y también, para no olvidar nunca a quienes no pudieron salir esa noche de la Plaza de las Tres Culturas.



FADE OUT:





Fotograma de la película El Grito













viernes, 7 de septiembre de 2018

El biógrafo de Juan Gabriel



Juan Gabriel posando para La Jornada. Foto: Juan José Olivares


Los buenos deseos representados en palabras son energía de bondad y de máxima luz...


Hay algunos, incluso, incrustados en simples correos electrónicos que eterna alegría dan.


Hace dos años en los días finales de agosto se daba la noticia de la muerte de Juan Gabriel.


Era el cierre de ciclo del que se dijo era texto y melodía de México; un embajador en el mundo del sentimiento, según el escritor Carlos Monsiváis.


La efeméride revivió un recuerdo: lo loco y divertido que pudo ser el haber escrito la biografía de Juanga, sobre todo si la propuesta viniera del propio cantautor.


Seguido me fugo metafísicamente a la casa de Alberto Aguilera, en la Rivera Maya, donde concretaría el proyecto de escribir su biografía, que dulcemente me había pedido que le hiciera.


Cuando me lo propuso, obvio, no lo creía. Nada más lo conocí en el tiempo que lo entevisté para La Jornada.



Juan José Olivares y Juan Gabriel en la suite del hotel María Isabel Sheraton



Extraigo la breve narración contenida en mi libro Alquimia Audiovisual sobre esa charla que se publicó en el diario y que fue el contexto de su petición:


Así llegué a él:

Días antes de ver a Juanga, entrevisté al francés Hervé Vilard, amigo de Juan Gabriel. El contacto con éste fue por otro galo, Michelle Roche, quien realizaba un documental sobre el oriundo de Parácuaro, Michoacán, y quien fue fundamental para que yo pudiera llegar.


El intérprete sería el invitado del Divo de Juárez. A Vilard le caí bien simplemente por vestir el día de la entrevista con un moño. Se le hizo fuera de lo común que un periodista estuviera ataviado con papillon  (mariposa), como lo llaman los
franceses.


Al final de nuestra plática le dije que me interesaba entrevistar a Juan Gabriel. Le comenté que, si no era un atrevimiento, le hiciera saber mi deseo. Que le haría una entrevista respetuosa.


Igual le pedí a Michelle que me allanara la ruta. Por tres días asistí al hotel María Isabel Sheraton, donde se hospedaba el cantautor. Esperaba que regresara de su ensayo.


Sentadito en el lobby, en el tercer intento, lo vi pasar. Juanga iba a subir al elevador. Traía un buen séquito de personas. Reviró y fue hasta el sillón en el que estaba.


Pero al verme, imaginó no sé por qué que yo era el periodista que lo buscaba. En el momento, la gente se extrañó de que no se subiera al elevador, sino que se dirigiera a mí.


Me sorprendí al verlo y él me preguntó: “¿Eres el de La Jornada ? He estado cansado, pero te espero mañana a las tres de la tarde en mi suite ”.


Al otro día regresé puntual. Pregunté por el nombre de la suite  que me había dicho. Dije a la seguridad que tenía una cita.


Me indicó el camino. Y así comenzó la entrevista:

“Al abrir la puerta se escucha un canto casi imperceptible. Dentro, en una mesa grande de cristal, con una laptop  y una taza de café, se encuentra Juan Gabriel, ataviado con una cómoda pijama de franela, cálida como el ambiente que se percibe.”


“Se le observa tranquilo. El embajador de México en el mundo del sentimiento, como lo llamó Carlos Monsiváis, esperaba. Juan Gabriel, texto y melodía de México —opina de él el francés Hervé Vilard— habla sobre la música y cómo se encontró con ella; sobre sus creaciones.”


En aquel encuentro también charlamos de otros temas, como el de Michoacán.


Le conté que de niño, en una visita que hice a un pueblo de ese estado, Tepalcapec (de donde era mi mamá), fui a un cine donde proyectaban una película en la que él aparecía. Sólo existía una sala, en la cual por cierto, al llegar, te daban un palo y un piedra. El primero era para las ratas y el segundo, para sentarse. Es broma, pero existe ese dicho viejo sobre los cines piojito. La sala de la que hablo tenía hoyos hasta en el techo y el sonido, constantemente se iba.


La experiencia le dio gracia y me dijo que había vivido cosas similares en su natal Parácuaro.


En su suite del hotel María Isabel Sheraton en avenida Paseo de la Reforma en la que siempre se hospedaba, según me contaba,  hablamos también de las mujeres, de las madres, de su imporancia, de la educación que brindaban éstas para que los hombres tuvieramos mejores principios, valores y... esas cosas.


Y la voz de Alberto, un hombre multiamado pero también lastimado, se erigía en mí como de autoridad, más por su sinceridad que por bautizarme como “tocayo”.


Alberto Aguilera, lo sentí, tenía aura de hombre que te cae bien sin conocerlo, por su honestidad y por ser directo.


Por eso sentí como normal y franca la petición de que escribiera sobre él.


Alberto y su honestidad pegaron en mí. Acepté el reto. Michelle Roche, del que hable antes, estuvo en el tiempo de la propuesta, que luego se la comenté al que entonces era mi jefe, Fabrizio León. Éste se emocionó y se le ocurrió proponerles una edición especial, o algo así como “un libro de lujo y fascículos populares”. Interesante también.


En abril del 2012 Alberto nos invitó a su casa en la playa para hacerle la propuesta formal. En la misión estaban: Fabrizio, la actriz Claudia Goitya y allá nos esperaba Michelle Roche.


En una casa incrustada en medio de un hotel GT, cerca de Puerto Morelos, nos esperaba Juanga.


Sólo se podía acceder partiendo del Lobby del hotel; un carrito de golf te llevaba.


Luego de un breve recorrido por cuartos y cuartos sabes que llegas por un letrero de luces neón con el nombre Juan Gabriel. Parecía una discoteca de los años 90.


Luego de que uno de sus ayudantes nos pasó a una enorme y fresca sala, toda pintada de verde, llegó, luego de unos minutos, el Divo de Juárez.


Estaba todo relajado, con chanclas y ropa holgada; venía de dar un paseo en la playa.


En el más estricto sentido del respeto, dejé que el puntal de la comitiva externara la idea del libro al artista, el cual por cierto, en cada comentario volteaba a verme en sentido de saber mi opinión. “¿Qué opinas Juan José?” 


Le respondí que escuchara lo que tenía que decirle Fabrizio. Todo fue muy rápido y él encantado comentó que quería entrarle.


Luego quiso enseñarnos su casa y su estudio. Nos dijo que nos presentaría a quien tenía, según él, la más grande memorabilia que podría existir de Juan Gabriel.


De hecho, Juanga me dijo que tendría que coordinarme con el joven Hugo Oleg, el mencionado, pues él tenía la mejor información.


Yo le dije que estaba muy padre lo de la edición, pero que lo nuestro seguía en el plan de ser algo más personal e íntimo, porque yo deseaba convertirme en él. Con gusto, me respondió que tendría que pasar algunos, o muchos días en su casa, acompañándolo.


Ya me veía caminando en la arena blanca de Riviera Maya.


Mientras, no dio un breve recorrido de su fresco nicho, en el que también existe una sala de conciertos, a donde días antes había llevado a un grupo de seguidoras de sus clubes de fans que se había ganado la suerte de presenciar un concierto de él en el lugar. Puras mujeres.


También nos mostró su potente e increíble estudio, en el que preparaba su álbum Los duo. Nos dio una probadita... y hasta nos enseñó una guitarra que le habían regalado artistas wixárikas.


Nos quedamos contententos con la visita y hasta en su cocina disfrutamos de una cena.


Nos fuimos felices de poder proyectar algo que pudo ser maravilloso, más para mí, porque revivir en verdad absoluta la vida de quien hizo la banda sonora de la vida de millones de mexicanos de varias generaciones, era un gran reto, pero también una gran trascendencia.


Nos quedamos esperando una respuesta del artista, quien platicaría de ello con su hijo Iván… Nunca llegó tal, pero mientras, me quedé con varios mensajes que intercambiamos a través del correo electrónico, como éste:


“(sic) Juanjo: Muchas gracias por tus palabras, me encuentro en Cancún, por que se que eres Amigo y me compredes, te confio que: Este michoacano que tu conoces al igual que Mexico, y lo conoces muy bien y lo quieres, esta muy, pero muy triste, de regalo he recibido solo malas noticias de mi Divino Estado y... Mi pueblo Paracuaro... :( Es el cumple mas doloroso de toda mi vida, que empiezo a pasarme y aun no son las 12 aqui en donde estoy.... La situacion de mi pueblo Paracuaro me tiene entristecido y claro, todo Michoacan, ya tenia para estar triste con todo lo sucedido en Juarez y ahora? que hacer? muchas gracias por acordarte de mi, por favor hazle sentir mi admiracion, respeto, agradecimiento y cariño a todos mis paisanos  esten donde esten... Le deseo a Ti y a todos mis paisanos salud, vida larga y buen tiempo lleno de exitos... En un abrazo muy fuerte... Feliz Año Nuevo... LLeno de Paz...”


Una maravilla.


No hice la biografía de Juan Gabriel, pero fue el detonante para que me decidiera crear a mi primogénito de papel: Alquimia Audiovisual.