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| Edificio Chihuahua en la Plaza de las Tres Culturas. Fotograma de El Grito |
FADE IN:
EXT. PLAZA DE LAS TRES CULTURAS-TARDE/NOCHE
En la Plaza de las Tres Culturas están reunidas miles de personas. Es 2 de octubre de 1968. Hay policías y militares; más cantidad que la vista en protestas anteriores. Los castrenses se preparan para disolver ésta. También hay francotiradores en los edificios.
Alrededor de las seis de la tarde aparecen luces pirotécnicas en el cielo. Segundos después, sonidos de matracas. Todos corren por doquier. Es un hormiguero agitado.
J (30 años) asiste al mitin junto con su esposa, C (32 años). Visten con gabardina y pantalón de mezclilla. Viven en el Centro Histórico. No saben qué está pasando.
J:
Son cuetes.
C:
Se escuchan como balazos.
J:
Son de salva
Segundos después, un soldado, como varios que había cerca de la multitud, cae a su lado. Tiene parte de su uniforme humedecido por sangre.
CUT TO:
La pareja, como cientos de personas, busca refugio. Entra a un edificio cercano a la Plaza. Toca en varios departamentos. Ninguno abre. Parece que nadie los habitara. Es seguida por dos jóvenes. Afuera, siguen los balazos, los gritos. Minutos que parecen horas. Al fondo del pasillo se escucha un ruido. Es como un extraño maullar (miauuu, miauuu, miauuu...). No es un gato. El extraño sonido proviene de una puerta al final del pasillo en la que aparece un hombre. Vive ahí. Viste una bata blanca. Su casa también es su consultorio.
J
Están disparando
DOCTOR
Pueden estar un rato, pero… sin esa ropa.
(Los jóvenes que se unieron a la pareja traen pegada a la espalda una V con maskingtape)
CUT TO:
INT. DEPARTAMENTO-NOCHE
La Plaza está sonorizada con una sinfonía en Re de los Mayores terrores, con disparos que crean Bemoles. Como cuando una festividad de pueblo llega a su fin con cuetes que se escuchan a lo lejos.
En el departamento, en silencio y oscuridad, el hombre de blanco ofrece pan y café. Es un rato que se vuelve hasta la noche, tiempo en que la pareja, sin saber que hay retenes, decide salir.
No es todo: J confiesa al médico que lo perdone porque no le dice que, para defenderse de infiltrados del gobierno, traía un arma. Un amigo, sin nombre, le había comentado que en el mitin “las cosas se iban a poner cabronas”.
El galeno, de sublime tolerancia y noble metafísica, le cree.
CUT TO:
EXT. CORREDORES TLATELOLCO-NOCHE
Luego de algunas horas, el bullicio en el exterior se hace tenue… J y C salen acompañados por el buen hombre que les dice que sin él, no lo podrán lograr. Que va a decir que son sus parientes. El departamento está a unos pasos de la calle que los saca a la colonia Guerrero.
A escasos metros, un retén y... palabras de una figura verde olivo, los paralizan.
Militar
Ensina... Se los llevó la chingada…
Con gran valor, el médico se atreve a intervenir porque no imagina lo que recién pasó en la Plaza; el nivel de tensión.
DOCTOR
Son mis parientes. Vamos a la Terminal. Tengo mi carrito estacionado aquí cerca, en la (calle) Lerdo. Somos de Jalisco...
El castrense, hombre moreno y alto, levanta la cabeza. Su mirada se pierde por segundos tras escuchar Jalisco. Y luego, pregunta.
Militar
¿De qué parte?
Sorprendido, responde J
Sorprendido, responde J
J
De La Capilla. Cerca de Guadalajara.
MILITAR
No conozco… Acá, unos van pal campo, otros a la chingada… Mejor jalen pa´ allá…
El soldado voltea a todos lados. Mira a su grupo… Su cara dura se relaja.
CUT TO:
EXT. CALLE LERDO COLONIA GUERRERO-MEDIANOCHE
Son pocos metros los que a J y C los separan de la calle Lerdo, pero parecen kilómetros. Como si atravesaran un bosque, que en realidad es el jardín La Pera, que da a la mencionada vía.
Enmudecidos, caminan lento. Respiran oxígeno con tóxica adrenalina. Siguen sin entender lo que acaba de pasar. Es decir, el show de horror y la inusual actitud del doctor y del militar paisano, que es quien les dice por dónde caminar y los acompaña unos metros, sólo unos breves metros.
Dicen adiós al doctor, que junto con el militar, les han salvado la vida. Tras ellos, a lo lejos, se siguen escuchando cuetes de carnaval y risas burlonas.
Siguen su paso sin voltear. Cruzan la avenida Ricardo Flores Magón hasta perderse en la oscuridad de un callejón, el cual no saben su nombre, pero que lo bautizan como: el Callejón de la Vida.
Enmudecidos, caminan lento. Respiran oxígeno con tóxica adrenalina. Siguen sin entender lo que acaba de pasar. Es decir, el show de horror y la inusual actitud del doctor y del militar paisano, que es quien les dice por dónde caminar y los acompaña unos metros, sólo unos breves metros.
Dicen adiós al doctor, que junto con el militar, les han salvado la vida. Tras ellos, a lo lejos, se siguen escuchando cuetes de carnaval y risas burlonas.
Siguen su paso sin voltear. Cruzan la avenida Ricardo Flores Magón hasta perderse en la oscuridad de un callejón, el cual no saben su nombre, pero que lo bautizan como: el Callejón de la Vida.
Meses después, en el país del no pasa nada y donde todo se olvida, J decide buscar al médico. Quiere agradecerle. Va con una botella de tequila. No lo halla en su primera visita. Los vecinos, poco hablan. Teme por él. Pero en el segundo intento, lo encuentra y a éste no sólo le da alegría volverlo a ver, sino que hasta le devuelve lo que había dejado. Y no era precisamente el miedo, sino su fierro.
No son escenas de cine sobre la masacre de Tlatelolco 68. Es sólo una breve historia milagrosa que les sucedió a J y C, mi padres, cuando aún, obvio, yo no había nacido.
Es para recordarlos, y también, para no olvidar nunca a quienes no pudieron salir esa noche de la Plaza de las Tres Culturas.
FADE OUT:
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| Fotograma de la película El Grito |

