domingo, 29 de marzo de 2020

Chía y Ruido en la ciudad de 292 especies de aves

Chía, Ruido Blanco y Tórtola
 
Chía, en busca de Ruido Blanco



En estos días de cuarentena en casa, un vecino me platicó una historia que me atrevo, con su permiso, a contar en este breve espacio.


Se trata de un cuento en el marco de una ciudad en la que viven unas 292 especies de aves.



Así sucedió... 


Chía y Ruido Blanco



Urania despertó a Theo desde el baño. Hasta el cuarto en el que él estaba se escucharon sus gritos; eran como de una secuencia de película de terror. Más bien, fue una escena de Los pájaros, de Alfred Hitchcock.    


Theo se dirigió hacia Urania, quien saltó fuera del escusado. Le dijo que había sido atacada por un pájaro. 


Theo le creía, porque el sonido se había escuchado por todo el departamento. Pensaba que era un Zanate, ave negra de unos 30 centímetros que se encuentra en todo el territorio nacional de México, y que es aguerrida y no le tiene miedo al humano. Es también inteligente.


Pero sólo se trataba de un finche blanco o diamante mandarín de unos tres o cuatro centímetros, cuando mucho. Un petit emplumado blanco con patas y pico naranja y con un canto parecido al sonido de los pingüinos, pero cuyo decibel es muy alto en proporción al tamaño de su cuerpo.


“Se paró en mi cabeza”, comentó Urania a Theo. 


Ya con calma, ella vio a la ave parada en el lugar donde se coloca el champú. Era tan blanco, tan pequeño, que supo era una cría que, seguro encontró refugio en el baño tras ver la ventana abierta luego de una noche de tormenta.


El plumífero no dejaba de emitir su sonido; era incesante.


Lo primero que Urania pensó fue soltarlo. No concibe a las aves encerradas pero tras imaginar su posible vida allá afuera, decidió alimentarlo y pensar qué hacer con él.


Así pasaron años y años con Ruido Blanco, como bautizó a su amigo, que fue un miembro más de su familia, junto con Theo.


Un día, Urania sintió en su amigo de plumas la necesidad de que no estuviera solo. Se lo comentó a Theo, quien para verla feliz, fue a dar una vuelta a una tienda por la que una vez habían pasado. Esa que convierte a animales en mercancía.


En ese tiempo, Urania estaba montando el arte de un escenario para una obra de teatro alternativo. Esa tarde, terminaría su trabajo, pero no podía acompañar a Theo a ir frente a esas vitrinas en las que se exponen a los plumíferos interactuando en un palmito de terrenito. Es decir, en un lugar chiquito.


“Un ave vuela. No entiende de dimensiones en el espacio…” se cuestionó Theo, de quien sus ojos se transformaron en lagos internos.


Lo primero que pensó fue en quebrar el vidrio del aparador con el acero de su mirada... El sentido figurado paliaba el dolor que le producía verlos encerrados.


Fuera de la tienda, su camino tomó, pero pronto retornó. Algo le dictó que debía regresar y tratar de salvar, a por lo menos a un pequeño alado. Al final, decidió rescatar a uno, aunque eso significara apoyar al negocio de convertir a un ser vivo en dinero.


Volvió y dirigió su mirada al vidrio, por donde unos micro ojos negros de un finche blanco le llamaron. Era una pajarita, la más feíta de todos. Le faltaban plumas. Estaba medio calva y parecía que tenía bigote.


La vendedora dijo a Theo que era hembra, pues ellas tienen unas manchas negras bajo sus ojos, como si estuvieran llorando. Parece que lo hacen por la vida que tienen ahí dentro del aparador.


Chía y Theo se miraron… 


A Theo consoló el haber rescatado a ese pequeño ser. Mejor aún, equilibró su sentir tras ver el mágico acto de cuando en casa Ruido Blanco vio por vez primera a Chía, la pajarita que no volaba.


Theo y Urania supieron pronto que la nueva compañera de Ruido, Chía, había sido mal cuidada en ese lugar y que no se podía elevar… bueno, al menos físicamente.


Chía y Ruido Blanco fueron integrándose en la vida de Urania y Theo en ese hangar-departamento que tienen y en el que poseen el privilegio de estar frente a muchos árboles, pese a estar en una gran avenida de la urbe.


Valga una pausa para recordar a Valiente, como nombró esa familia a uno de sus árboles favoritos, porque no sólo es el único que está frente a su casa, sino es al que llegan diferentes tipos de aves. Podían verse Tórtolas cola larga o Conguitas, Gorriones caseros, Colibríes pico ancho, Mirlos Primavera, Palomas domésticas, Carpinteros belloteros, Sastrecillos, Pinzones mexicanos… 


Todos ellos y los árboles, las plantas, Ruido y Chía, eran inspiración de vida para Urania y Theo. Parte fundamental de una rutina de familia, de convivencia, comunicación y entendimiento entre diferentes seres que respiran en un mismo nicho.


Ellos dormían en su jaula, pero en el día vivían en todo el departamento: política de puerta abierta.


A través de la ventana del depa, de unos siete metros de ancho y dos de alto, interactuaban con las aves de afuera, con “las del cielo”, como llama a las que viven en la ciudad de México la señora que le vende el alpiste Urania y Theo cada cierto día.


Ellos ofrecen el alpiste afuera de los dos balcones que tienen. Se acaban a la semana unos cinco kilos de la semilla. Sienten que es el impuesto que les deben por dejarlos vivir en su hábitat y por dejarlos apreciar su bello canto.


Vivieron años de felicidad hasta que en marzo de 2019, Ruido, quien ya había puesto a prueba su físico contra la edad, simplemente aleteó a un Nirvana de aves.


Pero Chía era una pájara fuerte. Todo terreno. Nunca enfermó. Al menos nunca se los hizo notar. Volaba a la altura que podía, siempre tratando de seguir al dron Ruido Blanco, a quien alcanzaba por la metafísica con su gravedad de supernova. Y pese a su tamaño, podía ser capaz de defenderlo de los “grandes” humanos. 


Tras no tener a su compañero, aprendió a vivir sin él. 


Sus paseos por la casa fueron cada vez más intrépidos, más lejanos. No sólo buscó las macetas en las que encontraba minerales, sino los pequeños espacios que para ella fueron como cuevas, o cavernas en las que intentaba buscar a su Ruido.


Chía subía a libros, a piedras y demás lugares impensables.


En las primeras semanas de la ausencia de Ruido, Urania pensó buscar un compañero o una compañera para ella. Alguien en condición de indefensión u orfandad; en situación de salud precaria o senectud. 


Pasaron meses y Chía descubrió la vida de la soledad. Parecía una pajarita joven, dinámica, y Urania y Theo entendieron que estaba viviendo los más felices momentos de su vida, y que ellos estaban felices también, por la gracia del universo de darle una mejor vida. A una compañera increíble que nunca olvidarán.


Chía, una año después, surcó junto con Ruido Blanco hacia el más inmenso multiverso.



Chía entre Panas



Pinzón casero dentro del departamento de Urania y Theo














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lunes, 9 de marzo de 2020

Seudoravers en el Electric Daisy Carnival


Love Parade en México en 2002


No me pude sustraer de los comentarios que hicieron conocidos respecto a un festival que se realizó en el Autódromo Hermanos Rodríguez y que ya tiene algunas ediciones efectuándose.

Se trata del Electric Daisy Carnival México (EDC), que ofrece una producción de calidad internacional pero con pocos DJ de nivel creativo.

Uno amigo que es productor y tiene su propio estudio de grabación, asegura que el EDC puede superar la producción de conciertos de grandes estrellas como Madonna, que tiene la mejor logística de festivales y que se presentan de todos los géneros: tecno, urbano, reguetón… Y aunque es lo más comercial, “tiene un audio impresionante”.

Una conocida que vivió los grandes encuentros de música electrónica en México, llámese Tecnogeits, Love Parade, Ecosistema… posteó en Facebook que “si no fuiste al Love Parade, no sabes nada”, en amplia crítica a los que dicen que no hay nada igual como el EDC. 

Otro comentario fue el de un músico, DJ y productor, y de los pocos mexicanos que tocaron en Love Parade, en Alemania. Él considera que el EDC es una “basura” y que la audiencia son seudoraversque llegaron tarde al ritmo de los cuatro cuartos o que no les tocaron esas fiestas masivas de tecno mexicanas, en las que abundaban melómanos que, simplemente, buscaban al espíritu real de la música.

Pues en su mayoría, los que aparecen en el cartel del festival EDC son sólo pone discos. Es decir, aquellos que se hacen llamar diyéis pero que sólo aprietan un botón, el del play, que está representado con un triangulo y que es el que hace iniciar cualquier pista. 

Y así, dizque “producen” sus sets que hacen enloquecer a miles. Todos ganan: los asistentes revientan, beben, fuman y bailan. Los productores se hacen cada vez más ricos y los del cartel se hacen de una currícula.

Obvio, en el plano de la música electrónica deja mucho qué desear. Es un “rave” para los que no saben qué es un rave, o que era --tan populares en los años 90 e inicios de los 2000--, porque nada de esos encuentros de antaño se respira en el EDC. El alma es la del desmadre, nada más. Y claro, la del bluff, porque la mayoría de los que van lo hacen para decir que fueron y que están en onda.

Pero también hay que respetar los nuevos gustos. Nada hay de malo que a los jóvenes les guste Maluma o Steve Aoki, quien es de los que hace faramalla de que toca perillas, pero no hace nada. O sea, es un fraude.

No cabe duda que en gustos se rompen géneros y cada quien decide a quien escuchar o a quien darle su dinero.

Electric Daisy Carnival 2020

domingo, 1 de marzo de 2020

Ruiditos Void en Casa del Lago




Nik Void en Casa del Lago.                                   Foto: Rumania Olivares




Nik Void es el seudónimo de la guitarrista, vocalista y creadora Nikki Colk, miembro del crew Factory Floor, agrupación músicos electrónicos con esencia analógica.

La inglesa es una experimentadora. Con sus sintetizadores modulares y sus instrumentos intervenidos, crea atmósferas primitivas, minimalistas y profundas.

Ha musicalizado performances, instalaciones museísticas y desfiles de moda, entre otros actos.

El pasado fin de semana de este bisiesto 2020, Casa del Lago de la UNAM fue sede de Selector Pro, iniciativa global del Consejo Británico que pretende promover el desarrollo de la industria musical alternativa y en el que se ofrecieron charlas, conferencias y conciertos. Uno de éstos fue el de ruiditos Void, como la bautizó una pareja que, incidentalmente llegó al mencionado predio del Bosque de Chapultepec, tras su visita sabatina al lago.

En el espacio del Agora. Void emitió una música que se fusionó con la de los habitantes del lugar: las aves de Chapultepec. Fue un concierto a la alimón, junto con los plumíferos del bosque.

Además de Nik Void, también participaron en el encuentro Thristian, promotor inglés que tiene entre su legado la fundación de Boiler Room, plataforma en línea de difusión musical que retransmite sesiones de Dj y actos en vivo de música electrónica por todo el mundo.

También estuvo Ady Harley, director de alianzas con sellos discográficos para Facebook e Instagram, quien compartió cómo aprovechar al máximo estas redes sociales para impulsar las carreras de independientes.

Selector Pro, que opera en diferentes países y tiene como fin abordar temas cruciales para la gestión musical, busca la pluralidad y la integración, apoyar a los nuevos creadores desde un nicho de independencia.


Factory Floor, crew de creadores electrónicos análogos