sábado, 28 de noviembre de 2015

En un cine piojito, la primera vez










            
      Cine en Ciudad Nezahualcóyotl, 1968                      Foto: Véronique Godard  


Santo contra las lobas fue la primera película que vi en una pantalla grande...


Fue un viaje iniciático, cuyo guía fue mi hermano mayor, que en ese tiempo era un adolescente. Una ocasión regresó a casa temprano de la secundaria argumentando que habían suspendido las clases. 

Mi madre no le creyó y debido a que tenía que salir, le encargó al hermano menor.

Pese a la encomienda, decidió ir al cine con unos amigos, y con quien esto escribe. 

Fuimos a la permanencia voluntaria del cine Santos Degollado, al norte de la ciudad. No estaba cerca de casa pero era muy barato.

No recuerdo cómo llegamos a esa sala, un lugar al que entraba toda clase de personas: trabajadores, albañiles, amas de casa, jóvenes ataviados con uniformes escolares... Iban al desmadre, a gritar, a la catarsis, o simplemente a tomar unas chelas sin que nadie los molestara.

Todos tenían cabida en el Santos Degollado, hasta un niño con apenas uso de razón que, muchas noches posterior a la función, alucinó con el terror de las exuberantes mujeres lobo, enemigas absolutas del único superhéroe mexicano de carne y hueso: El Santo, el enmascarado de plata.

La mayoría de los niños contaban sobre sus primeras visitas al cine. Casi todos hablaban de películas de ratones, patos y perros. Historias del popular Lindavista, el cual, también al norte de la ciudad, exhibía todas las películas de Disney. La ex casa y capilla colonial en la que se había construido esa sala hacía alucinar a los chamacos vivir en el mundo de Mickey Mouse.

Luego de estar en el Santos Degollado, obvio que todo lo relativo al Lindavista con todo y sus cuentitos de princesas resultaba bastante ñoño.

El Santos, inmerso en la colonia Casas Alemán, tenía toda la magia de ser un auténtico cine piojito, aquellos en los que no importaba la clasificación de las películas, los horarios, las fallas, el respeto... Todo el desmadre que ahí ocurría era natural. También lo eran sus precios. Tan económicos que lo hacían bastante democrático y plural.

Ofrecía películas ya recorridas y viejas. Estrenos pasados y películas de ficheras, de luchadores, muchos churros que, sin embargo, promovían el acto intrapersonal de estar frente a una pantalla, aunque fuera para distraerse de un día de trabajo; o para irse de pinta o para cachondear.

Mucho público se perdió en el maremágnum de la basura fílmica que ofrecían los cine piojito como el Santos Degollado.

Cintas que ahí se mostraban como las protagonizadas por Alfonso Zayas y Angélica Chain --con todo y sus escenas sabrosas-- no dejaron huella formativa cinematográfica, claro, pero sí ofrecieron un rico tiempo de ocio para hacer lo que se quisiera en el anonimato de la oscuridad de una sala.

Por aquellos años, en el Santos Degollado algunas de las películas más populares sin duda fueron las de luchadores, en particular las de El Santo.

Con una de este héroe del cuadrilátero se inauguró mi adicción al cine.

Años posteriores revisité ese ameno y guarro centro para degustar de dos gemas de la cinematografía: El día de los albañiles, protagonizada por la pareja Alfonso Zayas- Angélica Chain, y el pilón: Raza de víboras, que estelarizaba el barón del video-home, el extinto Valentín Trujillo.

Una función en la que las palomitas o cacahuates que caían del cielo, o las mentadas de madre, eran gratis.

Dos pelis por una. Así hasta alcanzaba para la copa Holanda o la naranjada Bonafina.

El Santos Degollado, como muchos otros del estilo, dejaron huella en la cultura popular con su simple existencia.

Hasta en Ciudad Nezahualcóyotl había cines piojito, o hay... Quizá uno que otro siga funcionando por ahí o sobreviva como fantasma en algún barrio por donde no haya pasado la mirada de los senadores Palpatine de la exhibición (ver la saga Star Wars). Es decir, las monopólicas cadenas que han uniformado la manera de proyectar el arte audiovisual en nuestra mega urbe.


                                                                                        Cartel de Santo contra las lobas
    














sábado, 21 de noviembre de 2015

El arte del ruido


El término música electrónica se ha banalizado quizá porque el mercado ha impuesto usurpadores bajo el título de DJs. Ésos que ganan miles de dólares con sólo pulsar el botón de play, ese del triangulito que viene en todo aparato reproductor y que cualquier niño puede hacer sonar.

Claro, sólo hacen la farsa y la pantomima de que están creando in situ una pieza o un set completo. Por ellos, el nombre de música electrónica ahora ha perdido su significado.

Los verdaderos diyéis son los que buscan nuevas formas, los que experimentan, crean y recrean la esencia del arte del ruido. Son herederos de los alquimistas electrónicos que existen desde principios de siglo XX.

De estos ruidistas o hechiceros del sonido queremos hablar porque se ha editado una exquisita compilación que reúne en dos discos a 28 de ellos. Son de diversas épocas.

Independent Recordings produjo Antología de la música electrónica y del arte del ruido, versión mexicana de la ya hecha por Sub Rosa. Ambos sellos rescatan piezas en poder de otras disqueras, así como de diferentes archivos para lograr este breve y bonito compendio musical.

Su propósito: “explorar y establecer relaciones… ayudar a los oyentes a encontrar su camino dentro de esta compleja nebulosa”.

Algunos de los músicos incluidos comenzaron a crear electrónica para profundizar con su trabajo hecho con instrumentos tradicionales.

Otros desarrollaron sus obras sobre bases electrónicas. Algunos más, incluso, inventaron nuevas formas de componer con medios nada ortodoxos.

El primer disco comienza en el año 1921, con la irrupción de los hermanos Antonio y Luigi Russolo, de quien me gustaría destacar una declaración. Luigi afirmaba que en el siglo XIX con la invención de la máquina “nació el ruido, que hoy triunfa y reina supremo sobre la sensibilidad del hombre”. El músico no fumaba hidropónica, sólo era un pintor, teórico, inventor y compositor.




Muestra también obras teórico-sonoras de Percy Grainer, Johanna M. Beyer, Pierre Schaeffer, Iannis Xenakis, John Cage, Steve Reich, Faust, entre otros “investigadores” y paisajistas sonoros.




La incesante vanguardia


La segunda placa abarca del año 1977 al 2009. En ella están contenidas las formas artísticas más revolucionarias de la incesante vanguardia.

La selección es de piezas de Tuxedomoon, Autechre, Sonic Youth, Brian Eno, Einstürzende Neubauten, DJ Spooky, Francisco López, Fennez… nigromantes de las notas que cuentan historias a través de los electrones al vacío.


“La música no puede describirse sólo como concepto o lenguaje”, me argumentó en una entrevista Brian Eno, quien se consideraba a sí mismo como un no músico.  


En otra ocasión, el artista conceptual y escritor neoyorquino Paul D. Miller, mejor conocido como Dj Spooky, that subliminal kid, me aseguró que luego de trabajar con el griego Iannis Xenakis en el disco Kraanberg, descubrió que cada vez había más nexos entre la academia y las nuevas tendencias sonoras de la música electrónica. Que visionarios como Iannis Xenakis o John Cage, estuvieron indagando sobre este tema. 




Acá pueden oír la pieza que presenta Dj Spooky en este disco.
 
Bastante destacable es el librillo del álbum. Toda una guía, hay que decirlo, medio pacheco-clavada con la que se puede dar una idea de quiénes son estos magos de la acústica.

Estuvieron involucrados en esta producción conocedores de este mundo como Carlos Becerra (Independent Recordings), Steven Brown (Tuxedomoon) y Guy Marc Hinant (Sub Rosa).

Tuvieron el apoyo de otros entusiastas como Arturo Saucedo, Walter Schmidt y Solange García.





En estas imágenes, este blogero con dos de los incluidos en el disco: Steven Brown (arriba) en calles de Polanco y abajo, Blixa Bargeld, creador de Einstürzende Neubauten, en el Instituto Goethe












martes, 17 de noviembre de 2015

Pulen joya del cine nacional


Su tono sepia, su narrativa y su aspecto son la magia que, desde las primeras tomas, traslada al espectador a ese ambiente polvoriento y triste de la época de la Revolución Mexicana.

Se podría pensar que se trata de más imágenes aburridas e institucionales sobre ese movimiento social.

Ni siquiera reconocer los rostros de Claudio Obregón, Eduardo López Rojas o Ernesto Gómez Cruz, que se convertirían en maestros de la actuación, saca de la narración al cinéfilo.

Se trata del ejercicio creativo audiovisual de unos cineastas locos y atrevidos que experimentaron con dar sensaciones de realidad a una obra de ficción, que al final resultó una pieza rara.






Un lugar en la historia

Se han hecho decenas de películas sobre la Revolución Mexicana, pero “sólo hay cuatro”, ironizó alguna vez ante mi grabadora el maestro Felipe Cazals.

Hablaba de “las dos de Fernando de Fuentes (Vámonos con Pancho Villa y El compadre Mendoza), una de Roberto Gavaldón (Rosauro Castro) y Reed, México insurgente”.

Cazals calificaba como “monografía” la que él había filmado: Emiliano Zapata.

Reed, México insurgente, dirigida por Paul Leduc en 1970, fusiona una gran historia y la pasión de un grupo de alquimistas del celuloide, entre ellos, a la propia productora Bertha Navarro, una de las más reconocidas en nuestra cinematografía, así como al fotógrafo Alexis Grivas, personaje fundamental hoy día en el cine mexicano. El guión es del propio Leduc y Juan Tovar.






Esta semana, la filmoteca de nuestro país y la de Bélgica realizaron el anuncio de la restauración de esa cinta, basada en la novela México insurgente: la revolución de 1910, del periodista y activista estadunidense John Reed, quien en su obra realiza una excelente narración a ras de piso, motivo suficiente para que los realizadores mutaran la historia a un drama social.

Luego de su breve exhibición en salas comerciales a inicios de los años setenta, la película se proyectaba en cine clubes como pieza extraña. Luego, incluso se pudo ver por televisión abierta.

No fue hasta el año 2010 que, debido a su importancia, la Filmoteca de la UNAM ideó la posibilidad de su restauración. 






Dos años después, el negativo original de 16 milímetros, los duplicados de 35 milímetros y las pistas de sonido fueron donados por Bertha Navarro, poseedora de los derechos del filme. Se logró un acuerdo para la restauración digital con Nicola Mazzanti, director de la Filmoteca Real de Bélgica y la pulidita a esta joya se pudo realizar.

Magia sepia

La cinta se rodó en formato de 16 milímetros blanco y negro, y sonido directo. Pero para proyectarla en las salas había que tener copias de 35 milímetros, las cuales al final se hicieron en película virgen de color y se les dio un tono sepia suave.
En la Filmoteca de la UNAM dicen que debido a las malas condiciones de los materiales originales en 16 milímetros y a la complejidad de la reconstrucción de la película, el proyecto requirió muchos meses de trabajo. Después de haber escaneado el negativo original a 2K e imprimir una copia de referencia, fue posible reconstruir digitalmente el último corte del director. 

Reed, México insurgente, “cabalga de nuevo”, dicen con regocijo en la Filmoteca.



sábado, 7 de noviembre de 2015

Porno en el Centro Histórico



 
Quiero contigo es el título que se anuncia en la pantalla. También es la oración más metafísica, la cual se origina en la mente y se ejecuta en la física de los hombres de distintas edades que habitan en la sala.

La oscuridad domina. Sólo una luz negra, de esas como de antro, proporciona la suficiente visión para distinguir las figuras que deambulan por el salón.

Huele a testosterona.

La emana quizá un hombre con una mochila colgada, en la que se pensaría trae su almuerzo. Puede ser también de un obeso, con aspecto de cadenero de bar de la Plaza Garibali, que está unas butacas adelante.

O quizá proviene de un muchacho ataviado al estilo reggaetonero.

Puede ser cualquiera de los aproximadamente 25 que conforman la audiencia del foro.

A lo lejos,se escucha el sonido de la hebilla de un cinturón, como cuando cae un pantalón.

Proviene de un escondrijo de entre los asientos. Dos están muy juntos. Apenas se pueden ver, pero todo conocedor del ambient del Centro sabe que en este lugar todo es permisible: hasta comer palomitas con popote.

Es como un cuarto oscuro donde los encuentros se dan.

Sólo basta pagar 45 pesos para tener acceso a las dos salas del Savoy, uno de los tres cines porno que sobreviven en el Centro Histórico.

¿Salas de cine porno en tiempos de morbo en el celular?

Sí. En el primer cuadro de la capital de México aún existen. Están mutadas en refugios no para el séptimo arte, sino para el arte de amar.

Son recintos en los que se proyecta cine de clasificación D en adelante y ahora, también, una fuente inagotable de millones de secreciones de andrógenos, que se pueden oler al entrar.




Abierto 365 días al año

En la calle 16 de septiembre, casi llegando al Eje Central Lázaro Cárdenas, hay un pasaje comercial. Lo comparten locales de ropa, comida y hasta una mazapanería tradicional.

Ahí, también está el Savoy. Sobre la calle y en el meritito fondo del pasillo un letrero lo anuncia y otro, más discreto, presume: “Abierto los 365 días del año, de 9 de la mañana a 9 de la noche”.

Tiene estrenos cada semana, con subtítulos o con doblaje en español, como el hablado en España. No importa, pocos ven la cinta.

Una dama con aspecto rudo cobra en la taquilla. Con tono áspero anuncia: “sólo hombres”.

A este cine se va a hacer de todo, menos ver películas, comenta un hombre en la salida. No sé sabe si sólo mira las fotos de los posters de las chicas o viene de adentro... Tiene cara de contento.

Al llegar a la sala inferior, se escuchan las bocinas de la sala. Son los gemidos de un rubia que es sodomizada por un hombre caucásico. La pantalla grande parece salpicar, pero los cinéfilos miran y esperan a que llegue el ideal.

Entran y salen, a veces sin suerte, pero de igual forma, sudados de la cara, y quizá también del cuerpo.

La sala del segundo piso parece una jungla. Presas de diversos tamaños y furtivos cazadores se mueven sigilosos entre las butacas. Se buscan, se huelen y atacan.

La película Quiero contigo, en la que aparecen dos jóvenes en calzones comienza. Por la luz de la pantalla las presas se dejan ver y atrapar.

En el salón inferior, de mayor capacidad de asientos, huele a varón, y no es el sillón en el que la audiencia se toma de la mano, sino el humor de la calentura del Savoy, a donde se va a comer de todo, menos rosetas de maíz...





Inmerso en negocios de ilusión

Unas calles adelante, en la de Chile, está el Venus, inmerso entre decenas de negocios de ilusión femenina. Esos que venden sueños multicolores: vestidos para ataviar a reinas, princesas y doncellas de un día o de una noche.



En el Venus, una dama de edad madura interrumpe la lectura de su libro para cobrar los 30 pesos de admisión a la permanencia voluntaria. Se exhibe una peli en la que un afroestadunindese penetra, como disparos de AK-47, a una rubia delgada, que no deja de fingir.

El recoge- boletos, un señor de unos 70, prefiere ver en su televisor un partido de futbol de la Champions League. No parpadea, ni ve a la audiencia, también restringida para mujeres.

El pasillo, pleno de fotos sensuales, indica el camino a la sala en la que algunos cuantos, por ahí casuales, degustan del filme mientras inspeccionan al material humano que pasa.

Ni los intensos gritos de “fok” “fok” de la actriz en la pantalla, ni tampoco sus contorsiones kamasutrezcas hacen voltear al personal que, igual, divaga en el mar de feromonas. Sólo tira anzuelos por si cae alguien en una plácida tarde de jueves.

La función es un loop de varias horas. Ofrece sonido octafónico con pantalla plasmada, pero con el sudor de los asistentes.

A la salida, nadie escapa de ser arponeado por la mirada crítica de las féminas que pasan por la calle, sitio de policromía creado por los locales para quinceañeras y novias...





25 pesos por el chorizo

A la vueltecita, en la calle de Cuba, está Cinema Río.

Por 25 pesos se puede acceder a esa sala. En su interior tiene forma de chorizo. Ofrece “estrenos continuos”.

Tiene ambiente ligero y público disperso en el butaquerío. En la pantalla, dos cuerpos volcados en la humedad. Una tos y un ruido como de chamarra de polyester contribuyen a la banda sonora de la cinta: un estreno, pero de los años noventa.

En las primeras filas, una pareja, obvio de hombres, observa el desfile de los que van al baño, justo a lado de la pantalla, para checar bien el material con el flashazo.

Se ve a un señor de unos 80 años. Se mueve con muletas. Pide amablemente permiso para entrar al sanitario. La puerta es tan angosta que se puede saborear su aliento, uno de haber fumado toda su vida Delicados.

El ambiente es relajado…

Parece ser que para algunos esta sala es un buen lugar donde pasarla un rato.

El público asiduo al Río se nota más pasivo. Como gustoso de que le ofrezcan buenos estrenos, aunque tampoco los vean mucho. Aquí se trata de auto despacharse o de buscar la solidaridad de otro.

Una sex shop de color rosa es la antesala de ésta, la tercera sobreviviente de la vida libídine del centro de la ciudad, donde natural fluye el apetito genésico...