martes, 27 de octubre de 2015

Festivalitis aguda

Una nueva patología se propaga: la Festivalitis aguda.

Y no ha sido causada por un virus recién descubierto ni por arma bacteriológica.

No. Se trata de una enfermedad que ha ido expandiendo en años recientes, detonada por el aumento desmedido de los festivales de cine, esos encuentros increíbles que –escribámoslo con letras mayúsculas– habían sido una opción bastante alternativa para exhibir el cine que no es de Hollywood.

Los festivales de cine comenzaron a estar en boga por esa loable labor de mostrar la creatividad, plasmada en celuloide, de realizadores de diversas culturas, que en sus trabajos exhiben formas de vida, ideologías, historias, hechos, personajes...

A través de ese cine proyectado en festivales hemos podido abrir ventanas y puertas hacia mundos inimaginables.

Por ese cine vivimos auténticos viajes introspectivos, que comienzan cuando uno entra en una sala, con gente o sin ella, con sillones muchas veces incómodos y cuando la luz de las lámparas se va haciendo cada vez más tenue hasta dejarnos en la oscuridad absoluta. Y, frente a nosotros, una enorme pantalla que seduce y atrapa hasta perdernos en una historia.

Hasta hace pocos años, la gente reaccionaba con extrañeza cuando uno le comentaba sobre tal o cual festival. En México, al menos, no había muchos y eso daba pauta para charlar sobre lo que sucedía en algunos. Eran encuentros encantadores, cuya característica era la sinergia que fluctuaba. Eran reuniones de realizadores, productores, promotores, periodistas y cinéfilos.

Hoy día, penosamente, en el mundo cultural estás fuera de contexto si no se habla o al menos se dice algo de esos festivales. Hasta la gente que odiaba al cine o que le parecía un lugar para ir a comer palomitas y ver alucinantes escenas de acción, ahora quiere chorear sobre si tal o cual director ganó un premio, o qué estrellas asistieron.

Predomina el bluff y la pose. El relumbrón. Incluso, seudo actrices y actores desean pasearse por las alfombras rojas y asistir a las fiestas nada más para promover su imagen.

En México se recuerda, de años atrás, al festival de Guadalajara, que se inició como muestra de cine mexicano. También al de Morelia o al de Guanajuato, que comenzaron siendo encuentros divertidos. Por ejemplo, este último se hizo para cortometrajes, pero, al ver el crecimiento de los dos anteriores, incluyó largometrajes en su competencia. Bueno, la competencia ahora es cuál de ellos trae al más reconocido actor, actriz, director, productor… o a cualquier figura que le encienda los focos mediáticos.

No está mal, pero se han perdido en la grandilocuencia. Como ya las cámaras están sobre ellos, la esencia, esa bonita de difusión, ha pasado a segundo lugar. Tiempo atrás, como periodista se podía elegir a qué director o personaje del cine podía uno entrevistar.

Ahora los dueños de los festivales eligen a qué medio invitan, o a qué periodista le dan la nota o la entrevista. “Si quieres acreditarte mándanos lo que has publicado”, dicen algunos.

Hay que rogarles para hacer el trabajo periodístico, que, por cierto, es lo que ha dado sustento a esos encuentros, que existen gracias a que hubo medios de comunicación que los voltearon a ver. Así, la gente los conoció.

Esa plataforma ha detonado la masificación de esa Festivalitis aguda, que se agudiza aún más debido al interés de los gobiernos, que son los que más dan dinero para que se realicen. Claro, quieren vender una imagen propagandística de “apoyo a la cultura”.

De hecho, no les cuesta mucho dar del erario público a “esos difusores del cine”, que son los directores de los festivales y su séquito. Dicen que chamba es chamba y para muchos de ellos, el romanticismo de difundir el cine que no es de Hollywood ya quedó atrás. Ahora es un trabajo temporal, pero lo es.

Para esos inventores de festivales, el interés es hacer que la gente voltee a su encuentro y diga: “mira, les interesa tanto el cine que han creado su propio festival, muestra o ciclo”.

Y para hacerlo nomás necesitan convencer a los politiquillos listos o a una que otra empresa para que les de soporte. Luego, contratan a un equipo de trabajo que cada vez está más alejado del cine. O sea, puro chambista, que, lógicamente, no entiende la labor de difusión ni la esencia de los festivales.

Desde el programador –que mete las mismas películas a las que les fue bien en otros festivales, o de la que hablan todos–, hasta la gente que trata con la prensa y que no entiende que los medios son heterogéneos, editorialmente.

El trato se ha despersonalizado. Ya no son encuentros intimistas, en los que se convivía con los creadores del cine, incluso en el mismo hotel, restaurante o función.

Ahora hay festivales hasta en Tepalcatepec, Michoacán, o en San Pablito Chiconcuac.
Claro, hablamos irónicamente, pero la realidad es que en cada estado de la República se cuecen habas: hay festivales en Colima, Torreón, León, Los Cabos… la lista es interminable y lugares en los que la cultura, a los gobernantes, les valía. Y en todos se reproducen las mismas cuestiones blufferas o esnobistas.

Bueno, en sus primeras ediciones los encuentros guardan esa, digamos, tradición: la esencia de promover cine que no veríamos en salas comerciales. Sin embargo, al cabo del tiempo desarrollan los mismos vicios que los “festivales grandes”, como los tres antes mencionados: propician el crecimiento de una fauna, los festivaleitors, y de los que buscan el relumbrón, y que poco les interesa y saben de este arte. También de periodistas que van a hacer notas de quién fue o quién no, y no a rescatar la ideología de los realizadores y sus procesos creativos.

Es decir, la combinación patológica perfecta para la propagación de la Festivalitis aguda.

Pero no todo está perdido. Hay amantes verdaderos del cine que aún creen que esos nichos pueden recobrar la sustancia que les dio vida: la verdadera difusión y la auténtica interacción de los elementos para hacer de un festival un encuentro de amigos con intereses en común: el cine y sus expresiones circundantes, como la música.

Todavía hay encuentros que podrían ser la vacuna para ese mal agudo de festivalitis.

Hablamos del de Kustendorff, que desde hace unos años se realiza en los Balcanes, el cual busca mantener ese ritual de interacción directa entre creadores, difusores y amantes del arte del celuloide.



En la villa Mokra Gora, en Serbia, el director, actor, productor y profesor Emir Kusturica inventó un encuentro para estudiantes de cine y personas interesadas en narrar audiovisualmente, en el que grandes efigies mundiales de la cinematografía conviven por unos días con las incipientes.

En un palmo de terreno, las grandes figuras y los jóvenes pueden charlar, comer y hasta enfiestarse un rato. Todo ello aderezado con la presentación de excelentes músicos, incluso, en el mismo foro en el que se presentan las películas.

Para que nadie falte a los conciertos, se programan a la medianoche, por lo que el único pretexto para no asistir es estar exhausto de ver tantas películas, de comer como troglodita o de beber demasiado rakia, especie de mezcal que hace que la nieve sea cálida.




Dios salve a festivales como el de Kustendorff, y a muchos otros que aún se mueven por la extraña dopamina que se genera hacia el cine luego de salir por primera vez de una función que nos enamoró.