domingo, 17 de abril de 2016

Música electrónica en Cuba


                                                              

Una noche en La Habana me pregunté si algún día la música electrónica llegaría a Cuba.



Pasaba unos días de vacaciones. Me hospedaba en el departamento de un edificio ubicado en el barrio del Vedado. Eran los años noventa. La espectacular vista nocturna de la capital cubana desde el piso 16 me hizo imaginar cómo sonarían los beats de cuatro cuartos, empleados en el tecno o el house, fusionados con toda la riqueza sonora de la isla. Regresé en 2001 como periodista. Esa vez registré para La Jornada lo que ocurría en el séptimo Festival de Rap de Alamar, al este de La Habana. Lo organizaba la cultural Asociación Hermanos Saíz con el apoyo del gobierno. Participaban grupos locales y artistas de España, Venezuela y Estados Unidos. Se hacía en el Anfiteatro de Alamar, entre otras sedes.



Ese año contarían ya con el auspicio institucional, porque en ediciones pasadas era clandestino. Cualquier expresión que no tuviera que ver con la cultura cubana oficial, lo era. Tiempo después me enteré de que había gustosos y creativos de la electrónica, pero se veían limitados por la falta de equipo, discos y apoyo estatal.




Festival Rotilla




Es conocida en La Habana, y ahora por la Internet, la historia de Michel Matos, miembro de la Asociación Hermanos Saíz y fundador del Festival Rotilla, rave que se celebró por varios años en la playa Santa Cruz del Norte, en Mayabeque, a 60 kilómetros de La Habana.



Antes de 2000, Matos y otros jóvenes amenizaban tocadas en lugares en el barrio del Vedado. Luego tuvieron la suerte de conocer a unos DJ's alemanes que, según él, les enseñaron a pinchar. También les dejaron discos que hacían girar en fiestas particulares, en las que casi siempre la policía llegaba para que la bajaran a la música.



Organizaron un reventón en una playa para “no molestar a nadie”. Les fue bien y en el 2004 un canal de televisión alemán los invita a realizar una gira por toda Cuba. La idea era promover la música electrónica a modo de “evangelización”, ironizaba Matos.



A cambio de financiar la producción, los alemanes filmaron todo. De ello surgió el documental Dancefloor, caballeros.



El periplo de raves terminó con el establecimiento del Festival Rotilla, en el que DJ's de Cuba y de fuera del país, así como músicos circundantes al género electrónico y Vjs, armaban carnaval por tres días.



Baile, ron y compartir con la naturaleza al estilo neojipi de los raves de otros lugares del mundo. Se realizaba cada año en el mes de agosto y era gratuito.



La última fiesta en Rotilla se realizó en 2010, ya que al siguiente año el gobierno decidió terminar con el acto. Según dijeron los organizadores su festival había sido “secuestrado”. Se acabó, pues.




                                                                                                  Festival Rotilla, en una imagen de www.lajiribilla.co.cu




Destellos mediáticos





Ahora con el paso por La Habana de agrupaciones de todo tipo, parece que se allana más el camino.



Apenas, el pasado seis de marzo en la Tribuna Antiimperialista en la capital cubana, se realizó un espectáculo a gran escala proveniente de Estados Unidos. Fue la presentación de Major Lazer, integrado por los DJ´s Diplo, Jillionare y Walshy Fire, populares por engendrar un híbrido bastante superficial que mezcla ritmos caribeños con dubstep o house. Música como para bar de spring breakers que, por cierto, bailarían hasta con mariachi. Música para público poco riguroso, que, sin embargo, llenó el foro.



Manana, en puerta




En Cuba, Manana es un concepto bien conocido. Se dice que para que al artista pueda comunicarse con su público debe tenerla. Es decir: “contar con habilidad, destreza, virtuosismo... flow, filin. Es un sentimiento que nace en el alma del artista”.



Festival Manana han bautizado a un nuevo encuentro que se realizará del 4 al 6 de mayo en Santiago de Cuba. Aprobado por el gobierno, uno de sus principales objetivos, dicen los organizadores, es "preservar y desarrollar en Cuba la música electrónica".



Pregonan que ésta “encontrará inspiración en el folclor afrocubano para crear una poderosa mezcla que la enriquezca”.



Ahora, la apertura se gesta en el ámbito de las nuevas tecnologías y fuera del centralismo cultural de La Habana. Se abre la puerta en Santiago, donde este encuentro reunirá a propuestas internacionales de calidad con las tradicionales de esa hermosa ciudad.





                                                                                                                       En las calles de Santiago




En el Teatro Heredia Santiago actuarán productores del nivel del estadunidense Nicolas Jaar, del inglés A Guy Called Gerald, o de los cubanos Diógenes y su Changuí (del mero Santiago).



Es una invitación para turistear en una ciudad tradicional.



Incluso, promueven paquetes de transporte, hospedaje y entrada a las presentaciones. Hay que ver si eso del turismo cultural no hace que la audiencia cubana, ávida de nuevos temas, sea olvidada.



Por lo pronto, más beats en Cuba con sabor a son, rumba, guajira y guaguancó. Aquí, un set de A Guy Called Gerald

domingo, 3 de abril de 2016

Mi experiencia Stand up Comedy

                                                                                                              Rutina de stand up en el foro del Cuevón       



El escenario es mágico. Pleno de poder y fragilidad...

Encima de él, cualquier humano es energía sensitiva, orgánica.

Las tablas son endebles y elásticas, duras y quebradizas. Pero dan confort cuando se tiene la oportunidad de fundirse con ellas. También son el puente para tocar a quien está de frente.

Elegante es llamarlo proscenio. Hasta parece algo sagrado, más bien sangrón. Bueno, sacro lo consideran audiencia y artista, líder y seguidores.

Es un pedestal de catarsis, de introspección. Donde se desvanece la frontera y se hace la comunicación.

Hay múltiples tipos, pero todos, así sea el más sencillo, imponen algo, porque son fábrica en la que surgen las sensaciones escénicas. Es catapulta, hangar y pista de lanzamiento.

Presentarse en uno de ellos para realizar cualquier acto es salir infectado de algo extraño.

Aunque sea que se pise una sola vez con la intención de decir o expresar algo, la sensación es bizarra, de egocentrismo, de vida.


Ludoteca de monólogo


La noche del pasado miércoles, en un foro de Plaza Escenaria, al sur de la ciudad, conocí esa ludoteca, micrófono en mano.

Me bauticé en el monólogo.

No hay nada más divertido que volar riendo, solo, aunque sea un ratito.

Y así fue mi interpretación de una breve rutina de stand up comedy o comedia en vivo, aprovechando la generosidad de Jurgan Jacobo y Lisi Esnaurrizar, profesores que ofrecieron un taller de este género a periodistas, su servidor, entre ellos.

"Todo inicia con el texto”, pregonan estos mentores. “Los periodistas ya escriben”, apuntan.

Está por verse. Hacer llorar es fácil, pero reír…

En el stand up se cuenta una historia que identifique al público. La gracia del cuento es cuestión de sensibilidad, pero ya el brincar al escenario es pura adrenalina.

Pero en efecto, todo inicia en la escritura: hay que redactar un relato sobre experiencias, temas, anécdotas… con ironía.

Situación, conflicto y resolución, elementos dramáticos, no tienen que faltar en el stand up.

La comedia se gesta en un caldo ácido social y cultural en el que se fragmentan las experiencias de la gente.


En el Cuevón


En el foro del Cuevón, las luces no sólo me abrazaron; también me señalaron, acaloraron… pero sólo unos minutos. Diez, para precisar. Eso fue lo que duró mi rutina.

Una hora antes, en el camerino, los profesores indicaban el orden de aparición de los que en la oscuridad banalizamos.

La rutina empieza. Fluye la historia. Se incrusta en la mirada de la audiencia. El imperceptible gesto, la leve sonrisa y la contagiosa risa son la respuesta.

El micrófono es un cetro y el proscenio, un reino.

¿Quién no quiere ser rey por un rato?

Y que más da si ese efímero feudo del jolgorio nos hace ahorrar la consulta de un psicoanalista.