Una nueva patología se propaga: la Festivalitis
aguda.
Y no ha sido causada por un virus recién descubierto ni
por arma bacteriológica.
No. Se trata de una enfermedad que ha ido expandiendo en
años recientes, detonada por el aumento desmedido de los festivales
de cine, esos encuentros increíbles que –escribámoslo con letras
mayúsculas– habían sido una opción bastante alternativa para
exhibir el cine que no es de Hollywood.
Los festivales de cine comenzaron a estar en boga por
esa loable labor de mostrar la creatividad, plasmada en celuloide, de
realizadores de diversas culturas, que en sus trabajos exhiben formas
de vida, ideologías, historias, hechos, personajes...
A través de ese cine proyectado en festivales hemos
podido abrir ventanas y puertas hacia mundos inimaginables.
Por ese cine vivimos auténticos viajes introspectivos,
que comienzan cuando uno entra en una sala, con gente o sin ella, con
sillones muchas veces incómodos y cuando la luz de las lámparas se
va haciendo cada vez más tenue hasta dejarnos en la oscuridad
absoluta. Y, frente a nosotros, una enorme pantalla que seduce y
atrapa hasta perdernos en una historia.
Hasta hace pocos años, la gente reaccionaba con
extrañeza cuando uno le comentaba sobre tal o cual festival. En
México, al menos, no había muchos y eso daba pauta para charlar
sobre lo que sucedía en algunos. Eran encuentros encantadores, cuya
característica era la sinergia que fluctuaba. Eran reuniones de
realizadores, productores, promotores, periodistas y cinéfilos.
Hoy día, penosamente, en el mundo cultural estás fuera
de contexto si no se habla o al menos se dice algo de esos
festivales. Hasta la gente que odiaba al cine o que le parecía un
lugar para ir a comer palomitas y ver alucinantes escenas de acción,
ahora quiere chorear sobre si tal o cual director ganó un premio, o
qué estrellas asistieron.
Predomina el bluff y la pose. El relumbrón.
Incluso, seudo actrices y actores desean pasearse por las alfombras
rojas y asistir a las fiestas nada más para promover su imagen.
En México se recuerda, de años atrás, al festival de
Guadalajara, que se inició como muestra de cine mexicano. También
al de Morelia o al de Guanajuato, que comenzaron siendo encuentros
divertidos. Por ejemplo, este último se hizo para cortometrajes,
pero, al ver el crecimiento de los dos anteriores, incluyó
largometrajes en su competencia. Bueno, la competencia ahora es cuál
de ellos trae al más reconocido actor, actriz, director, productor…
o a cualquier figura que le encienda los focos mediáticos.
No está mal, pero se han perdido en la grandilocuencia.
Como ya las cámaras están sobre ellos, la esencia, esa bonita de
difusión, ha pasado a segundo lugar. Tiempo atrás, como periodista
se podía elegir a qué director o personaje del cine podía uno
entrevistar.
Ahora los dueños de los festivales eligen a qué medio
invitan, o a qué periodista le dan la nota o la entrevista. “Si
quieres acreditarte mándanos lo que has publicado”, dicen algunos.
Hay que rogarles para hacer el trabajo periodístico,
que, por cierto, es lo que ha dado sustento a esos encuentros, que
existen gracias a que hubo medios de comunicación que los voltearon
a ver. Así, la gente los conoció.
Esa plataforma ha detonado la masificación de esa
Festivalitis aguda, que se agudiza aún más debido al interés
de los gobiernos, que son los que más dan dinero para que se
realicen. Claro, quieren vender una imagen propagandística de “apoyo
a la cultura”.
De hecho, no les cuesta mucho dar del erario público a
“esos difusores del cine”, que son los directores de los
festivales y su séquito. Dicen que chamba es chamba y para muchos de
ellos, el romanticismo de difundir el cine que no es de Hollywood ya
quedó atrás. Ahora es un trabajo temporal, pero lo es.
Para esos inventores de festivales, el interés es hacer
que la gente voltee a su encuentro y diga: “mira, les interesa
tanto el cine que han creado su propio festival, muestra o ciclo”.
Y para hacerlo nomás necesitan convencer a los
politiquillos listos o a una que otra empresa para que les de
soporte. Luego, contratan a un equipo de trabajo que cada vez está
más alejado del cine. O sea, puro chambista, que, lógicamente, no
entiende la labor de difusión ni la esencia de los festivales.
Desde el programador –que mete las mismas películas a
las que les fue bien en otros festivales, o de la que hablan todos–,
hasta la gente que trata con la prensa y que no entiende que los
medios son heterogéneos, editorialmente.
El trato se ha despersonalizado. Ya no son encuentros
intimistas, en los que se convivía con los creadores del cine,
incluso en el mismo hotel, restaurante o función.
Ahora hay festivales hasta en Tepalcatepec, Michoacán,
o en San Pablito Chiconcuac.
Claro, hablamos irónicamente, pero la realidad es que
en cada estado de la República se cuecen habas: hay festivales en
Colima, Torreón, León, Los Cabos… la lista es interminable y
lugares en los que la cultura, a los gobernantes, les valía. Y en
todos se reproducen las mismas cuestiones blufferas o
esnobistas.
Bueno, en sus primeras ediciones los encuentros guardan
esa, digamos, tradición: la esencia de promover cine que no veríamos
en salas comerciales. Sin embargo, al cabo del tiempo desarrollan los
mismos vicios que los “festivales grandes”, como los tres antes
mencionados: propician el crecimiento de una fauna, los
festivaleitors, y de los que buscan el relumbrón, y que poco
les interesa y saben de este arte. También de periodistas que van a
hacer notas de quién fue o quién no, y no a rescatar la ideología
de los realizadores y sus procesos creativos.
Es decir, la combinación patológica perfecta para la
propagación de la Festivalitis aguda.
Pero no todo está perdido. Hay amantes verdaderos del
cine que aún creen que esos nichos pueden recobrar la sustancia que
les dio vida: la verdadera difusión y la auténtica interacción de
los elementos para hacer de un festival un encuentro de amigos con
intereses en común: el cine y sus expresiones circundantes, como la
música.
Todavía hay encuentros que podrían ser la vacuna para
ese mal agudo de festivalitis.
Hablamos del de Kustendorff, que desde hace unos años
se realiza en los Balcanes, el cual busca mantener ese ritual de
interacción directa entre creadores, difusores y amantes del arte
del celuloide.
En la villa Mokra Gora, en Serbia, el director, actor,
productor y profesor Emir Kusturica inventó un encuentro para
estudiantes de cine y personas interesadas en narrar
audiovisualmente, en el que grandes efigies mundiales de la
cinematografía conviven por unos días con las incipientes.
En un palmo de terreno, las grandes figuras y los
jóvenes pueden charlar, comer y hasta enfiestarse un rato. Todo ello
aderezado con la presentación de excelentes músicos, incluso, en el
mismo foro en el que se presentan las películas.
Para
que nadie falte a los conciertos, se programan a la medianoche, por
lo que el único pretexto para no asistir es estar exhausto de ver
tantas películas, de comer como troglodita o de beber demasiado
rakia, especie de mezcal que hace que la nieve sea cálida.
Dios salve a festivales como el de Kustendorff, y a
muchos otros que aún se mueven por la extraña dopamina que se
genera hacia el cine luego de salir por primera vez de una función
que nos enamoró.


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