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| Jorge Reyes, chamán sonoro |
Hace siete años, en los primeros días de febrero, tuve la oportunidad de estar en un temazcal, en Tepoztlán, Morelos. Nada de raro tiene éso pues, Tepoz es un lugar pleno de energía, por todos sabido.
Cuando uno se sumerge en ese ritual de origen prehispánico, la metafísica se apodera de todo. Es un viaje introspectivo, por más que uno viva en un mundo material o no crea en cosmovisiones.
Me he metido en varias ocasiones, pero esa vez fue especial.
Recuerdo el calor, el sudor, el olor a incienso y el té que nos había preparado nuestra temazcalera Janet, quien también rezaba y cantaba, y nos introducía lentamente al centro de la madre Tierra en un viaje acústico.
Al desprenderme, como suele suceder cuando haces bien el viaje, imágenes de animales comenzaron a llenar mi mente. También aparecieron personas que no conocía. Pero hubo una que sí: era la de un músico: Jorge Reyes, quien para mí fue un gran senseí. No sé cómo fue, pero de pronto su cara, sus palabras y sus recomendaciones inundaron mi cabeza, y mi corazón, al que llenaron de paz.
Reyes era un amante de las culturas originales de México. Era un chamán sonoro que explotó por más de tres décadas las interminables gamas de instrumentos de diversas partes del mundo; convencionales, prehispánicos y electrónicos, con los creó las más profundas atmósferas.
Fue, digamos, algo así como un gurú tecnoprecolombino al que muchas personas recuerdan para hacer sus conciertos de Día de Muertos; lo más emblemáticos: los que realizaba en el Espacio Escultórico de la UNAM.
Era considerado pionero de la música etnotribal por sus discos, viajes, exploraciones acústicas y paisajes sonoros, con los que había llegado a un infinito mundo multidimensional de la música contemporánea.
La obra acústica de Jorge se encuentra ahora en la Fonoteca Nacional de México.
Pero ése no es el tema de este blog, sino recordar que, hace siete años, Jorge se desprendió de su cuerpo y su alma se fue a... no sé a dónde.
Jorge Reyes era un espíritu irreverentemente natural e inadaptado. Un mago de los ruidos prehispánicos y electrónicos. Una gran persona.
Una vez, un grupo de música electrónica de Monterrey le solicitó que les produjera un disco. Jorge dominaba el Pro Tools (estación de trabajo de edición digital de música) como pocos.
Como sabía que yo le hacía al loco con mis instrumentos electrónicos y como DJ, me pidió si le podía ayudar “con unos ruiditos” para una de las rola del disco.
¿Cómo decirle no a este genio? Me fui a su departamento –donde vivía con su pareja, la actriz Ariane Pellicer-- en la colonia Condesa. En los bonitos edificios Veracruz, ubicados justo en esa calle. Ahí tenía su estudio, retacado de sintetizadores análogos y modulares, con los que, según me dijo, no quería trabajar las piezas.
Me comentó que prefería “juguetitos” más actuales (para ese tiempo), y así fue. Me lleve nomás tres cajas de ritmo. Dos electribe de Korg y una Roland, la MC-303. Dije, con éstos le podemos entrar.
Ya en su estudio, le mostré algo para ver si le gustaba, pero, decía: “Juanjo, ¿no tienes por ahí un ruido como de lluvia? ¿Algo ficticio como de lluvia incesante? Pa’ la madre, me dije.
Cómo le haces para sacar una acústica de quien parecía ya lo había escuchado todo. Pues como comenté, Jorge grababa todo. Todo. Era de los que se iba al Centro Histórico con su grabadora para captar los paisajes sonoros…
Al final, un poco de inspiración y de buena manufactura de mis maquinitas le sirvieron. Bueno, creo. Nunca supe el nombre del grupo ni del disco, pero la experiencia de ser grabado por él me abrió una puerta inmensa.
No quiero dejar de pensar que mi chamán sonoro, esa ocasión, dentro del temazcal se fue a despedir de mí, como seguro hizo con muchas personas.
Vale la pena echarse un clavado a su discografía.


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