sábado, 7 de noviembre de 2015

Porno en el Centro Histórico



 
Quiero contigo es el título que se anuncia en la pantalla. También es la oración más metafísica, la cual se origina en la mente y se ejecuta en la física de los hombres de distintas edades que habitan en la sala.

La oscuridad domina. Sólo una luz negra, de esas como de antro, proporciona la suficiente visión para distinguir las figuras que deambulan por el salón.

Huele a testosterona.

La emana quizá un hombre con una mochila colgada, en la que se pensaría trae su almuerzo. Puede ser también de un obeso, con aspecto de cadenero de bar de la Plaza Garibali, que está unas butacas adelante.

O quizá proviene de un muchacho ataviado al estilo reggaetonero.

Puede ser cualquiera de los aproximadamente 25 que conforman la audiencia del foro.

A lo lejos,se escucha el sonido de la hebilla de un cinturón, como cuando cae un pantalón.

Proviene de un escondrijo de entre los asientos. Dos están muy juntos. Apenas se pueden ver, pero todo conocedor del ambient del Centro sabe que en este lugar todo es permisible: hasta comer palomitas con popote.

Es como un cuarto oscuro donde los encuentros se dan.

Sólo basta pagar 45 pesos para tener acceso a las dos salas del Savoy, uno de los tres cines porno que sobreviven en el Centro Histórico.

¿Salas de cine porno en tiempos de morbo en el celular?

Sí. En el primer cuadro de la capital de México aún existen. Están mutadas en refugios no para el séptimo arte, sino para el arte de amar.

Son recintos en los que se proyecta cine de clasificación D en adelante y ahora, también, una fuente inagotable de millones de secreciones de andrógenos, que se pueden oler al entrar.




Abierto 365 días al año

En la calle 16 de septiembre, casi llegando al Eje Central Lázaro Cárdenas, hay un pasaje comercial. Lo comparten locales de ropa, comida y hasta una mazapanería tradicional.

Ahí, también está el Savoy. Sobre la calle y en el meritito fondo del pasillo un letrero lo anuncia y otro, más discreto, presume: “Abierto los 365 días del año, de 9 de la mañana a 9 de la noche”.

Tiene estrenos cada semana, con subtítulos o con doblaje en español, como el hablado en España. No importa, pocos ven la cinta.

Una dama con aspecto rudo cobra en la taquilla. Con tono áspero anuncia: “sólo hombres”.

A este cine se va a hacer de todo, menos ver películas, comenta un hombre en la salida. No sé sabe si sólo mira las fotos de los posters de las chicas o viene de adentro... Tiene cara de contento.

Al llegar a la sala inferior, se escuchan las bocinas de la sala. Son los gemidos de un rubia que es sodomizada por un hombre caucásico. La pantalla grande parece salpicar, pero los cinéfilos miran y esperan a que llegue el ideal.

Entran y salen, a veces sin suerte, pero de igual forma, sudados de la cara, y quizá también del cuerpo.

La sala del segundo piso parece una jungla. Presas de diversos tamaños y furtivos cazadores se mueven sigilosos entre las butacas. Se buscan, se huelen y atacan.

La película Quiero contigo, en la que aparecen dos jóvenes en calzones comienza. Por la luz de la pantalla las presas se dejan ver y atrapar.

En el salón inferior, de mayor capacidad de asientos, huele a varón, y no es el sillón en el que la audiencia se toma de la mano, sino el humor de la calentura del Savoy, a donde se va a comer de todo, menos rosetas de maíz...





Inmerso en negocios de ilusión

Unas calles adelante, en la de Chile, está el Venus, inmerso entre decenas de negocios de ilusión femenina. Esos que venden sueños multicolores: vestidos para ataviar a reinas, princesas y doncellas de un día o de una noche.



En el Venus, una dama de edad madura interrumpe la lectura de su libro para cobrar los 30 pesos de admisión a la permanencia voluntaria. Se exhibe una peli en la que un afroestadunindese penetra, como disparos de AK-47, a una rubia delgada, que no deja de fingir.

El recoge- boletos, un señor de unos 70, prefiere ver en su televisor un partido de futbol de la Champions League. No parpadea, ni ve a la audiencia, también restringida para mujeres.

El pasillo, pleno de fotos sensuales, indica el camino a la sala en la que algunos cuantos, por ahí casuales, degustan del filme mientras inspeccionan al material humano que pasa.

Ni los intensos gritos de “fok” “fok” de la actriz en la pantalla, ni tampoco sus contorsiones kamasutrezcas hacen voltear al personal que, igual, divaga en el mar de feromonas. Sólo tira anzuelos por si cae alguien en una plácida tarde de jueves.

La función es un loop de varias horas. Ofrece sonido octafónico con pantalla plasmada, pero con el sudor de los asistentes.

A la salida, nadie escapa de ser arponeado por la mirada crítica de las féminas que pasan por la calle, sitio de policromía creado por los locales para quinceañeras y novias...





25 pesos por el chorizo

A la vueltecita, en la calle de Cuba, está Cinema Río.

Por 25 pesos se puede acceder a esa sala. En su interior tiene forma de chorizo. Ofrece “estrenos continuos”.

Tiene ambiente ligero y público disperso en el butaquerío. En la pantalla, dos cuerpos volcados en la humedad. Una tos y un ruido como de chamarra de polyester contribuyen a la banda sonora de la cinta: un estreno, pero de los años noventa.

En las primeras filas, una pareja, obvio de hombres, observa el desfile de los que van al baño, justo a lado de la pantalla, para checar bien el material con el flashazo.

Se ve a un señor de unos 80 años. Se mueve con muletas. Pide amablemente permiso para entrar al sanitario. La puerta es tan angosta que se puede saborear su aliento, uno de haber fumado toda su vida Delicados.

El ambiente es relajado…

Parece ser que para algunos esta sala es un buen lugar donde pasarla un rato.

El público asiduo al Río se nota más pasivo. Como gustoso de que le ofrezcan buenos estrenos, aunque tampoco los vean mucho. Aquí se trata de auto despacharse o de buscar la solidaridad de otro.

Una sex shop de color rosa es la antesala de ésta, la tercera sobreviviente de la vida libídine del centro de la ciudad, donde natural fluye el apetito genésico...









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