Quiero contigo es el
título que se anuncia en la pantalla. También es la oración más metafísica, la
cual se origina en la mente y se ejecuta en la física de los hombres de
distintas edades que habitan en la sala.
La
oscuridad domina. Sólo una luz negra, de esas como de antro, proporciona la
suficiente visión para distinguir las figuras que deambulan por el salón.
Huele
a testosterona.
La
emana quizá un hombre con una mochila colgada, en la que se pensaría trae su
almuerzo. Puede ser también de un obeso, con aspecto de cadenero de bar de la Plaza
Garibali, que está unas butacas adelante.
O
quizá proviene de un muchacho ataviado al estilo reggaetonero.
Puede
ser cualquiera de los aproximadamente 25 que conforman la audiencia del foro.
A
lo lejos,se escucha el sonido de la hebilla de un cinturón, como cuando cae un
pantalón.
Proviene
de un escondrijo de entre los asientos. Dos están muy juntos. Apenas se pueden
ver, pero todo conocedor del ambient
del Centro sabe que en este lugar todo es permisible: hasta comer palomitas con
popote.
Es
como un cuarto oscuro donde los encuentros se dan.
Sólo
basta pagar 45 pesos para tener acceso a las dos salas del Savoy, uno de los
tres cines porno que sobreviven en el Centro Histórico.
¿Salas
de cine porno en tiempos de morbo en el celular?
Sí.
En el primer cuadro de la capital de México aún existen. Están mutadas en refugios
no para el séptimo arte, sino para el arte de amar.
Son
recintos en los que se proyecta cine de clasificación D en adelante y ahora,
también, una fuente inagotable de millones de secreciones de andrógenos, que se
pueden oler al entrar.
Abierto 365 días al año
En
la calle 16 de septiembre, casi llegando al Eje Central Lázaro Cárdenas, hay un
pasaje comercial. Lo comparten locales de ropa, comida y hasta una mazapanería
tradicional.
Ahí,
también está el Savoy. Sobre la calle y en el meritito fondo del pasillo un
letrero lo anuncia y otro, más discreto, presume: “Abierto los 365 días del año,
de 9 de la mañana a 9 de la noche”.
Tiene
estrenos cada semana, con subtítulos o con doblaje en español, como el hablado
en España. No importa, pocos ven la cinta.
Una
dama con aspecto rudo cobra en la taquilla. Con tono áspero anuncia: “sólo
hombres”.
A
este cine se va a hacer de todo, menos ver películas, comenta un hombre en la
salida. No sé sabe si sólo mira las fotos de los posters de las chicas o viene
de adentro... Tiene cara de contento.
Al
llegar a la sala inferior, se escuchan las bocinas de la sala. Son los gemidos
de un rubia que es sodomizada por un hombre caucásico. La pantalla grande parece
salpicar, pero los cinéfilos miran y
esperan a que llegue el ideal.
Entran
y salen, a veces sin suerte, pero de igual forma, sudados de la cara, y quizá
también del cuerpo.
La sala
del segundo piso parece una jungla. Presas de diversos tamaños y furtivos cazadores
se mueven sigilosos entre las butacas. Se buscan, se huelen y atacan.
La película
Quiero contigo, en la que aparecen
dos jóvenes en calzones comienza. Por la luz de la pantalla las presas se dejan
ver y atrapar.
En el
salón inferior, de mayor capacidad de asientos, huele a varón, y no es el
sillón en el que la audiencia se toma de la mano, sino el humor de la calentura
del Savoy, a donde se va a comer de todo, menos rosetas de maíz...
Inmerso en negocios de ilusión
Unas
calles adelante, en la de Chile, está el Venus, inmerso entre decenas de negocios
de ilusión femenina. Esos que venden sueños multicolores: vestidos para ataviar
a reinas, princesas y doncellas de un día o de una noche.
En el
Venus, una dama de edad madura interrumpe la lectura de su libro para cobrar los
30 pesos de admisión a la permanencia voluntaria. Se exhibe una peli en la que un afroestadunindese
penetra, como disparos de AK-47, a una rubia delgada, que no deja de fingir.
El
recoge- boletos, un señor de unos 70, prefiere ver en su televisor un partido
de futbol de la Champions League. No parpadea, ni ve a la audiencia, también
restringida para mujeres.
El
pasillo, pleno de fotos sensuales, indica el camino a la sala en la que algunos
cuantos, por ahí casuales, degustan del filme mientras inspeccionan al material
humano que pasa.
Ni
los intensos gritos de “fok” “fok” de la actriz en la pantalla, ni tampoco sus
contorsiones kamasutrezcas hacen voltear al personal que, igual, divaga en el
mar de feromonas. Sólo tira anzuelos por si cae alguien en una plácida tarde de
jueves.
La
función es un loop de varias horas. Ofrece
sonido octafónico con pantalla plasmada, pero con el sudor de los asistentes.
A
la salida, nadie escapa de ser arponeado por la mirada crítica de las féminas que
pasan por la calle, sitio de policromía creado por los locales para
quinceañeras y novias...
25 pesos por el chorizo
A
la vueltecita, en la calle de Cuba, está Cinema Río.
Por
25 pesos se puede acceder a esa sala. En su interior tiene forma de chorizo. Ofrece
“estrenos continuos”.
Tiene ambiente
ligero y público disperso en el butaquerío. En
la pantalla, dos cuerpos volcados en la humedad. Una tos y un ruido como de
chamarra de polyester contribuyen a la banda sonora de la cinta: un estreno,
pero de los años noventa.
En
las primeras filas, una pareja, obvio de hombres, observa el desfile de los que
van al baño, justo a lado de la pantalla, para checar bien el material con el flashazo.
Se
ve a un señor de unos 80 años. Se mueve con muletas. Pide amablemente permiso
para entrar al sanitario. La puerta es tan angosta que se puede saborear su aliento, uno de haber fumado toda su vida Delicados.
El
ambiente es relajado…
Parece
ser que para algunos esta sala es un buen lugar donde pasarla un rato.
El
público asiduo al Río se nota más pasivo. Como gustoso de que le ofrezcan buenos estrenos, aunque tampoco los vean mucho. Aquí se trata de auto despacharse o
de buscar la solidaridad de otro.
Una
sex shop de color rosa es la antesala de ésta, la tercera sobreviviente de la
vida libídine del centro de la ciudad, donde natural fluye el apetito genésico...




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