El escenario es mágico. Pleno de poder y fragilidad...
Encima de él, cualquier humano es energía sensitiva,
orgánica.
Las tablas son endebles y elásticas, duras y
quebradizas. Pero dan confort cuando se tiene la oportunidad de
fundirse con ellas. También son el puente para tocar a quien está de frente.
Elegante es llamarlo proscenio. Hasta parece algo
sagrado, más bien sangrón. Bueno, sacro lo consideran audiencia y
artista, líder y seguidores.
Es un pedestal de catarsis, de introspección. Donde se
desvanece la frontera y se hace la comunicación.
Hay múltiples tipos, pero todos, así sea el más
sencillo, imponen algo, porque son fábrica en la que surgen las
sensaciones escénicas. Es catapulta, hangar y pista de lanzamiento.
Presentarse en uno de ellos para realizar cualquier acto
es salir infectado de algo extraño.
Aunque sea que se pise una sola vez con la intención de
decir o expresar algo, la sensación es bizarra, de egocentrismo, de
vida.
Ludoteca de monólogo
La noche del pasado miércoles, en un foro de Plaza
Escenaria, al sur de la ciudad, conocí esa ludoteca, micrófono en
mano.
Me bauticé en el monólogo.
No hay nada más divertido que volar riendo, solo,
aunque sea un ratito.
Y así fue mi interpretación de una breve rutina de
stand up comedy o comedia en vivo, aprovechando la generosidad
de Jurgan Jacobo y Lisi Esnaurrizar, profesores que ofrecieron un taller de
este género a periodistas, su servidor, entre ellos.
"Todo inicia con el texto”, pregonan estos mentores.
“Los periodistas ya escriben”, apuntan.
Está por verse. Hacer llorar es fácil, pero reír…
En el stand up se cuenta una historia que
identifique al público. La gracia del cuento es cuestión de
sensibilidad, pero ya el brincar al escenario es pura adrenalina.
Pero en efecto, todo inicia en la escritura: hay que
redactar un relato sobre experiencias, temas, anécdotas… con
ironía.
Situación, conflicto y resolución, elementos
dramáticos, no tienen que faltar en el stand up.
La comedia se gesta en un caldo ácido social y cultural
en el que se fragmentan las experiencias de la gente.
En el Cuevón
En el foro del Cuevón, las luces no sólo me abrazaron;
también me señalaron, acaloraron… pero sólo unos minutos. Diez,
para precisar. Eso fue lo que duró mi rutina.
Una hora antes, en el camerino, los profesores indicaban
el orden de aparición de los que en la oscuridad banalizamos.
La rutina empieza. Fluye la historia. Se incrusta en la
mirada de la audiencia. El imperceptible gesto, la leve sonrisa y la
contagiosa risa son la respuesta.
El micrófono es un cetro y el proscenio, un reino.
¿Quién no quiere ser rey por un rato?
Y que más da si ese efímero feudo del jolgorio nos
hace ahorrar la consulta de un psicoanalista.

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