viernes, 25 de diciembre de 2015

Neuronas musicales

                                                                                                                                        Ilustración: Christine Daniloff/MIT



A lo largo de nuestra vida creamos una necesidad espiritual por la música...

Más que eso: tenemos una cercanía orgánica con ese metalenguaje.

En días recientes, científicos del Instituto Tecnológico de Massachussets, en Boston, dieron a conocer que identificaron neuronas que responden selectivamente a la música.

Antes no se había comprobado si teníamos mecanismos específicos para percibirla. 

Pues neurólogos de ese instituto estadunidense, seguramente melómanos, hallaron una población neuronal en el área de la corteza auditiva que reaccionó cuando las notas entraron por los oídos de 10 voluntarios adultos, los cuales estuvieron expuestos a 165 sonidos ambientales, discursos y fragmentos de música, entre otros.

La investigación reveló a seis poblaciones. Algunas de ellas sólo respondió a la voz, y otras, a la acústica ambiental.

Máquina de resonancia 

La actividad cerebral de los participantes fue registrada por una máquina de resonancia magnética funcional que mide el flujo de sangre y permite mostrar las regiones que ejecutan una tarea determinada, como la del goce de escuchar arte sonoro.

La investigación no estudió si las personas nacen con esas neuronas o si éstas se desarrollan durante el crecimiento. 

No indagó sobre la presencia de esas células musicales en cerebros de niños para saber a qué edad comienzan a crearse. Ni tampoco sobre las diferentes capacidades de las personas para crear música, algo que seguro involucra a un aspecto metagenealógico. 

Es posible que esas células surjan luego de que comenzamos a exponernos a la música, a decir del autor de la investigación, el profesor Josh McDermott.

Aunque ninguno de los participantes en el ensayo era músico, lo importante es que se ha demostrado que ha partir de que percibimos los primeros bocados melódicos, nuestro cerebro muta en un jardín en el que germinan flores neuronales que desarrollan el gusto por esa energía intangible.









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