jueves, 9 de agosto de 2018

Un lugar silencioso



Emily Blunt y Millicent Simmonds






En 2007 la cantautora australiana Lisa Gerrard me comentó que el silencio era Dios. Que ausentarse del ruido habitual --pienso que se refería al que tenemos en las grandes ciudades-- significaba un momento poderoso, según decía la que era la voz del grupo Dead Can Dance y quien ha musicalizado películas como El Gladiador, de Ridley Scott.


He tratado el tema del silencio con muchos creadores sonoros y para muchos es esencial, algo así como el Big Bang.


Omnipresente en el universo, el silencio es el alma de una película que pasó desapercibida por cartelera en el mes de abril pero que tiene su brillo oculto-mágico. 

Anda por ahí, por la red, con sus atributos fílmicos. Ciencia ficción en la cual lo que menos importa es la fantasía. 


Está ubicada en un tiempo apocalíptico, de sobrevivencia para los humanos, que son presas de criaturas misteriosas: unos cosmomandriles tímpano fino que evocan a los alienígenas malditos de siempre y  que devoran con sus miles de dientes a los pobres terrícolas.


Las bestias no son más que el pretexto para revelar el valor del silencio, el que ha perdido la especie humana por su terrible contaminación auditiva.


John Krasinski dirige y actua Un lugar silencioso. Con su largometraje, da su opinión cinematográfica al respecto. También escribió el guión junto con Bryan Woods y Scott Beck, dueños del tratamiento de la historia en la que una mujer, encarnada por Emily Blunt y su esposo  (John Krasinski), están decididos a proteger a sus hijos hasta la muerte. 



De un aparente cliché, la película es tensa de inicio a fin, inclusive en las secuencias de momentos memorables. Pero tiene una extraña esencia que no se ve, se siente, porque en ella hasta en el pavor hay tiempo para el amor; por ejemplo, el de padres a hijos, o el de pareja, que en el filme se percibe nada actuado, pues, John Krasinski y Emily Blunt son esposos en la vida real.




Blunt y John Krasinski en una escena del filme



En la pantalla no se ven grandes actuaciones, pero sí a una familia de sobrevivientes que depende de la ausencia de ruido. 


Lenguaje de sordomudos y propios códigos les ayudan a evitar a las bestias extraterrestres en lo que es una metáfora constante, más bien, alucinante. 


La oculta protagonista, la niña Millicent Simmonds, es la más sabia en el tópico del silencio. Sólo alguien para quien ese tema es universalidad podía la cinta protagonizar. 



Desde el año de nacida, Millicent es sorda, lo que no le ha impedido haber actuado ya a lado de Julianne Moore y Michelle Williams (en Wonderstruck: El museo de las maravillas).



John Krasinski, en el medio actoral de perfil bajo, cuenta que se inspiró en algunos de sus directores favoritos como Paul Thomas Anderson y los hermanos Coen, nada más estudiando cómo éstos se ocupaban personalmente de tomas y secuencias prolongadas sin diálogo.


Dijo al diario inglés The Independent que su película es nada más un western, “que tienen largas cantidades de silencio”.



En Un lugar silencioso basta un encuadre para acalambrar al cuerpo.



Seduce también con su poderosa fotografía, la de la danesa Charlotte Bruss Chrstiensen, quien dio sus ideas senso-ópticas a su compatriota Thomas Vinterberg en La Caza y Submarino.



En ésta ofrece su buen ojo con una lluvia de shots creativos que, incesantes, dan empuje al largometraje, el cual además propone una buena banda sonora. Marco Beltrami, quien trabajó con Guillermo del Toro en Mimic, dio con sus notas una atractiva interpretación de mudez en score.




Un lugar silencioso y su mutismo se pueden divisar por el mar ciberespacial.























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