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| Theo Angelopoulos en un hotel de Salónica, Grecia, en 2009 |
Una mirada plasmada en una fotografía captada en 2009 en un hotel de
Salónica, Grecia, regresó a mi mente.
En la gráfica se ven unos ojos que, seguramente, vieron cómo el mundo se
deshumanizaba.
Pero también los cuales descubrieron la manera de contrarrestar, por
medio de la expresión artística, esa perdida humana.
Una vista que luego pudo transformar lenguajes visuales en bucólicos; en
una poética de la imagen que expresa realidades.
Es la foto en la que aparece el cineasta Theodoro Angelopoulos.
La tome justo antes de una charla que tuvimos en el mencionado hotel
durante un festival.
En ese inmueble art decó cerca del muelle desde el cual
se ve de frente el Monte Olimpo, me comentó que él hacía películas de poesía
porque creía que eso nos permitiría vivir y sentir todo de una mejor manera.
Su consejo era abrir un libro y leer un poema. Que eso produciría
dulzura en el alma; algo así como una caricia.
Su sincera vista era la misma que, valiente, había planteado lo que sentía por medio del
celuloide; su manera de ver el mundo.
El recuerdo de la fotografía de ese hombre de bajo perfil y observación
profunda, sería por la noticia que Phoebe Angelopoulos, su viuda, daba.
Phoebe, como muchos otros habitantes griegos de la localidad Mati, sobre
la costa oriental de Atenas, pudieron salvarse de un incendió que devastó la
zona, pero sus casas no. Ahí estaba una donde Theo pasaba los
veranos junto a ella y sus tres hijas, hasta que en 2012, mientras rodaba un
largometraje en Atenas, un extraño accidente lo mandó a otro plano.
En el siniestro de pasados días en Grecia se perdieron sus libros, sus
cartas y los poemas que Angelopoulos escribió y que guardaba su amada.
Esa mirada nostálgica de la foto vino a mis archivos internos para
recordar también una escena. Y no hablo de alguna de sus películas, sino la que
se quedó plasmada en mí y que reproduje en las páginas de La Jornada y
en el libro Alquimia Audiovisual.
Una toma que observé en plano medio en el lobby del mencionado hotel de
Salónica.
El shot meta audiovisual se dio una tarde en la que
esperaba platicar con el cineasta.
En el momento de la acción, se escucha la voz de un sencillo hombre, muy
serio, el cual apenas había salido de un elevador.
“Werner”, dijo el menudo caballero que había visto entrar a alguien por
la puerta principal del hotel. Era Werner Herzog, otro realizador reconocido en
el orbe y al que le realizarían un homenaje en esa ciudad.
Herzog acababa de llegar a hospedarse y Angelopoulos bajaba para conmigo
encontrarse.
Ambos personajes se fundieron en un abrazo, más que de colegas, de dos
muchachos que narran con la lente.
El close up de Theodoro que fotografié me hizo olvidar
lo del siniestro y me llevó a entender que los verdaderos archivos son los que
se incrustan.
Uno de ellos fue cuando lo descubrí, más bien a su cine. Fue en una sala
de la Cineteca Nacional, donde unos 10 espectadores degustamos La
mirada de Ulises, la mirada de Theo…

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